Notas: Factible, que civiles juzguen a militares por violación: abogado de Valentina Rosendo

Continúa la nota de ayer, reproducida en el periódico La Jornada.

Blanche Petrich /II y última

El centro de derechos humanos Tlachinollan, con sede en Tlapa; la Organización del Pueblo Indígena Meph’aa (OPIM), y los abogados defensores de Valentina Rosendo e Inés Fernández confían en que, a contracorriente de la impunidad que ha privado históricamente cuando militares o policías han violado a mujeres –sobran los antecedentes: entre 1994 y 2006 se han documentado 86 de esa agresiones a indígenas, infligidas por soldados–, los dos ataques cometidos en parajes aislados de la zona Montaña-Corta de Guerrero en 2002 van a culminar con los culpables sentados en un banquillo frente a la justicia civil.

Esta vez sí es posible, afirma el representante legal de las víctimas, Mario Patrón. Con la doble sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en contra del gobierno y a favor de Inés Fernández y Valentina Rosendo se abre una oportunidad histórica de romper un círculo que parece fatal: la discriminación y negación de la justicia a mujeres indígenas pobres. Y, en el caso de una de ellas, menor de edad.

Atención a regañadientes

Valentina tenía 17 años y una niña de tres meses de edad. El día de la violación, lastimada y golpeada, caminó de Barranca Bejuco al centro de salud de Caxitepec, acompañada de su esposo, Fidel Bernardino. Tres horas de caminata. Ahí no la quisieron atender. Siguieron entonces hasta Ayutla de los Libres. En el hospital le dieron cita para el día siguiente. Y entonces recibió una atención muy por encimita, según cuenta. Indolente, el médico que la atendió no dio crédito a su denuncia de violación. En el expediente expuso que la paciente presentaba un golpe en el estómago por haberse caído en un pozo. No hubo revisión ginecológica. Le dieron una receta para analgésicos y ya.

Saliendo de la clínica se presentaron en la agencia del Ministerio Público (MP). La secretaria quería negarles atención porque ya se había terminado el horario.

Por intervención de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, los recibió a regañadientes el agente del MP. Por supuesto, sin traductor. Al escuchar la relación de los hechos sobre la violación cometida por dos efectivos castrenses, fue cuestionada. Valentina recuerda el momento: “el licenciado me dijo: ‘los militares no hacen eso que dices’. Se burlaron de mí”.

De vuelta a su casa, los primeros días fue arropada por su familia y la de su esposo. Pero el estigma pronto envenenó su hogar. A los pocos días de presentar la denuncia, una partida de cerca de 40 soldados llegó al pueblo, buscándola en casa de sus suegros con amenazas y las ametralladoras en ristre. De mal modo le exigieron que retirara la demanda.

Cada semana los mismos militares recorrían el camino hasta Caxitepec, amenazando ya no sólo a la familia, sino a toda la comunidad. Valentina empezó a ser señalada como culpable del acoso castrense.

Hasta el presidente municipal de Acatepec subió al pueblo para presionarme. Me dijo que si no retiraba la denuncia no iba a mandar los recursos a la comunidad. El cerco se siguió cerrando. En las asambleas se pedía abiertamente que Valentina se vaya.

Fue la suegra quien dio los primeros pasos para culminar su aislamiento y expulsión. Antes ella me quería mucho. Pero luego ya no. Un día supo que su suegra insistía ante su hijo para que la abandonara. Le decía que me dejara, que yo ya había sido mujer de los soldados, que ya no valía. Y pues Fidel empezó a ser agresivo, a gritarme, insultarme. Y llegaron los golpes. Él tenía 24 años. Creo que se cansó de la lucha, que no supo reaccionar.

Sólo su madre y su padre y algunos dirigentes de la OPIM supieron valorar la doble condición de víctima de Valentina y apoyarla. Dos años resistió vivir enmedio del oprobio de los suyos. Finalmente tomó a su niña, que estaba por cumplir tres años. Salió de su pueblo. Todavía hoy sueña obsesivamente que vuelve a él.

Llegué a Chilpancigo de 19 años, con mi niña, sin casa, sin hablar español, sin trabajo.

Empezó a laborar de sirvienta en casas, con jornadas de 10 a 12 horas.Lo que más me hacía falta en ese tiempo era que al menos alguien me diera una palabra de aliento, algo. Pero no había nada. Yo tenía mucho dolor. Lo que me pasó… pues como que lo puse en una pausa, pero no lo olvidé. Y seguí insistiendo con mi denuncia.

En sus idas y venidas al MP conoció a Inés Fernández. Era meph’aa, como ella. También la habían violado dos militares, 29 días después de la agresión a Valentina. Tampoco estaba dispuesta a olvidar y a renunciar a la justicia.

Hacerme amiga de Inés me sirvió mucho, dice Valentina. Las dos mujeres vivieron trayectorias diferentes. Inés sigue con su marido y sus hijos. Vive en su comunidad, Barranca Ticuán, sigue monolingüe. Por la hostilidad, casi no sale de su casa. También vive una realidad de violencia intrafamiliar.

Valentina, en cambio, arrojada a la ciudad, devino en una mujer autónoma y resuelta. Aprendió español y saca adelante a su hija. Concluyó la primaria y ahora arremete con las materias de secundaria en una escuela vespertina para trabajadores. Paga renta y es lajefa de un tropel de 11 hermanos menores, a quienes encamina por la vida.

Ah, pero ha sido muy duro, no se crea. Muchas veces sentí que sólo necesitaba que alguien me diera unas cuantas palabras para darme valor, pero no había nadie.

 

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