Carta abierta a Valentina: de Mariana Mora Bayo y Miguel Pulido Jiménez.

Valentina, escribimos esta carta con nuestro más profundo respeto por tu valentía y por tu determinación para exigir justicia. La idea surge porque conocemos lo que de manera personalísima has sufrido, pero también porque tristemente tu historia da cuenta de lo que pasa en este país. Es incómodo reconocer que nuestra admiración por tu valor es resultado de tu infatigable lucha por no permitir la impunidad. Pero es más triste reconocer que se trata de un reclamo tan básico, que parece increíble que no se haya cumplido en estos ocho años.

Valentina Rosendo Cantú

Pero esos son los días que estamos viviendo. Días en los que se encarcela a gente inocente con pruebas débiles, investigaciones insostenibles y testigos de oídas. Por eso tus palabras destruyen los vulgares tecnicismos legales con los que el gobierno federal acudió a la Corte Interamericana. Dijiste “no estoy mintiendo, porque no tengo por qué mentir que los militares abusaron de mí”. Con ello das muestras de altura a un gobierno que escamotea la justicia. Por eso tu firmeza adquiere una relevancia mayor en este contexto, en el que a las violaciones a los derechos humanos por miembros de las fuerzas armadas se les llama ofensivamente “daños colaterales”.

Narraste los sucesos del 16 de febrero de 2002 cuando estabas lavando ropa en el arroyo cerca de la casa. Explicaste cómo te rodearon ocho militares y te agredieron sexualmente. Describiste cómo te atacaron los soldados porque dijiste que no reconocías los nombres de los “encapuchados” que aparecían en la lista que te enseñaron. En cada palabra tuya, así de clara y sencilla, había un profundo análisis de lo que estamos viviendo.

El acto de tortura sexual que sufriste no es aislado. No olvidamos a las tres hermanas tzeltales del ejido Morelia, en Chiapas, violadas por miembros del Ejército en 1994, ni a tu compañera de la Organización del Pueblo Indígena Me’ Phaa (OPIM), Inés Fernández, que sufrió una agresión sexual en marzo 2002. Son casos que señalan cómo el cuerpo de la mujer se vuelve un campo de batalla. Algo que las mujeres presas de Atenco reconocieron como un modo de vivir la represión. Una violencia que castiga no sólo por ser mujer, sino porque sus cuerpos se usan para agredir la masculinidad del hombre “enemigo”.

Tú has narrado lo que significó que después de la agresión, cuando buscaste atención médica en la clínica más cercana, no te quisieran atender. Te dieron cuatro aspirinas y te mandaron a casa. A pesar de tener fiebre y sentir muchas molestias, caminaste ocho horas a la cabecera de Ayutla de los Libres donde se negaron a recibirte porque no contabas con una cita previa. Y que agentes del Ministerio Público tardaron un mes después de la violación en hacerte la revisión médica porque dijeron que no contaban con el personal especializado. Estos tratos demuestran una discriminación estatal a tu persona, por ser mujer, por ser indígena y por ser campesina. Lo más triste es que ese es el corte de autoridades que tenemos. Del tipo de las que son incapaces de garantizar la seguridad y la integridad física de las mujeres, pero que son perfectamente capaces de esconderse detrás de su fundamentalismo al cumplir su obligación de proporcionar un medicamento de control de natalidad a mujeres violadas.

Abogadas y abogados defensores de derechos humanos señalan que tu caso ante la Corte es paradigmático por lo estratégico del litigio, pues hace evidente la falta de acceso a la justicia, particularmente para mujeres indígenas; la utilización del fuero militar como factor de impunidad y la urgencia de que se establezcan mecanismos de control y vigilancia sobre la actuación del Ejército en tareas de seguridad e investigación de delitos.

Pero tu caso es emblemático por algo igual de importante, Valentina. Por tu capacidad y convicción de convertir tu condición de víctima en una serie de propuestas concretas para evitar otros agravios. Has dicho que para ti la reparación del daño incluye algo tan elemental como “que me dejen vivir en paz con mi hija”. Pero también va más allá de ti, atiende problemas estructurales: incluye el mejoramiento de atención a la salud a través de una nueva clínica y la creación de una figura de autoridad comunitaria para situaciones de violencia de género. Pides un reconocimiento explícito por parte del gobierno de que los agravios sucedieron en un contexto de militarización, de que no fueron hechos aislados. Y que tu comunidad, como pueblo indígena, tenga el derecho a una consulta previa sobre la presencia de las fuerzas armadas.

Por eso, Valentina, te escribimos esta carta, porque escuchamos en tus palabras reclamos de justicia que encuentran eco en las demandas de miles de ciudadanos, sobre todo de mujeres indígenas. Confiamos que el gobierno federal, tras la sentencia que emitirá la Corte en unos meses, se vea obligado a reconocer lo mismo.

Investigadora del área de Derechos Humanos y Director Ejecutivo de Fundar, Centro de Análisis e Investigación

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