Artículo: Valentina, dignidad indómita

Valentina Rosendo Cantú

Valentina Rosendo Cantú nació hace 25 años en un paraje conocido como piedra de San Marcos, anexo de Caxitepec, municipio de Acatepec, en una choza de adobe con zacate. Nació sobre la tierra y junto al fogón. Su mamá no contó con el apoyo de una partera, mucho menos de un médico, tuvo que aferrarse a la costumbre Me’ Phaa, que para tener a sus hijos, se arrodillan sobre un petate y toman de la cintura al esposo para hacer esfuerzos extenuantes (que a veces implica horas), hasta lograr la expulsión de la nueva criatura.

Así llegó Valentina a la Montaña, en medio de la precariedad contrastada con el enorme cariño que le profesan sus padres, por ser la primera mujer de los diez hijos que tuvieron. Valentina creció en el campo, comiendo quelites y tortillas. Siempre fue con su madre a la parcela familiar para llevar la comida a su papá. Desde los tres años empezó a caminar hora y media para asistir al jardín de niños de Caxitepec.

Al igual que todos los niños y niñas de la Montaña, iba a la escuela sin almorzar, y en su bolsa de plástico (donde llevaba sus útiles escolares) su mamá le ponía dos tortillas con sal o alguna memela de frijol. Al filo del medio día regresaba a su casa para escalar la Montaña durante dos horas.

Este sacrificio trajo la dicha a sus padres porque logró la hazaña de concluir la educación preescolar. Entró a la primaria y asumió la responsabilidad de guiar en la montaña a sus pequeños hermanos que se incorporaban al jardín de niños. Desde los 8 años pudo cumplir con el estudio y con el trabajo en el campo. Culminó satisfactoriamente su primaria a los 13 años. A esa edad ya sabía sembrar maíz, frijol, calabaza y cortar la flor de la jamaica, también aprendió moler y hacer tortillas. En lugar de aceptar el rol sumiso que los padres imponen a las niñas, Valentina convenció a sus papás para irse a estudiar la secundaria a la capital del estado. Se fue con una prima y encontró trabajo en una tienda. Enfrentó el estigma de su identidad étnica y superó la barrera lingüística. En Chilpancingo solo permaneció año y medio porque tuvo que regresar a su pueblo para apoyar a su mamá. Su retorno la obligó a acatar las costumbres que aún imperan en las comunidades indígenas, como el hecho de que las niñas desde los 12 años pueden casarse, con el consentimiento de sus padres.

Valentina llamó la atención de Fidel Bernardino, quien atendiendo a las normas comunitarias le comentó a su papá Hilario de su interés por Vale. Con gran presteza Hilario se preparó para visitar a los padres de Valentina y cumplir con el ritual de petición de la novia. Don Victoriano Rosendo y María Cantú, al enterarse de que el papá de Fidel tenía cierta solvencia económica porque contaba con más de 150 chivos y 15 vacas, se sintieron presionados para aceptar la propuesta matrimonial. Valentina se casó el 28 de noviembre de 2000 cuando tenía 15 años. Dejó la casa paterna para vivir en Barranca Bejuco con la familia de Fidel.

En el 2001 nació su hija Yenis, quien fue como una bendición, porque contaron con el apoyo familiar para construir su casa de adobe. Valentina con gran ilusión pasaba horas en vela para cuidar a su hija, mientras tanto Fidel se empeñaba en acabar su casa. En los trabajos del campo y de la cocina, Valentina siempre cargaba a su hija en su espalda, acurrucándola con su reboso. Solo cuando se iba a lavar a la barranca la dejaba dormida sobre un petate.

Desde que se casaron decidieron incorporarse a la Organización del Pueblo Indígena Tlapaneco (OPIT), para luchar contra el olvido y la discriminación. En este espacio organizativo las mujeres empezaron a perder el miedo. Uno de los temas de mayor preocupación era el hostigamiento militar, que se generalizó en la región después de la masacre de El Charco. Desde junio de 1998 al 2001 varias comunidades Na savi y Me’ Phaa fueron asediadas y agredidas por los militares; empezaron a instalar sus campamentos dentro de sus tierras sin el permiso de la comunidad, se metían a las huertas para robarse los pocos productos que cosechaban, mataban chivos, trozaban mangueras que utilizaban para regar sus parcelas, interrogaban a la gente, allanaban domicilios y a cualquier persona que veían sospechosa la detenían y se la llevaban en sus camiones. También se llegaron a meter en las comisarías y se atrevieron a cambiar a un comisario. Esta situación obligó a que las comunidades se organizaran y empezaran a denunciar la multiplicidad de atropellos que el ejército cometía con total impunidad.

Las denuncias públicas que empezaron a difundir como organización indígena, acrecentó la animadversión de los militares hacia los miembros de la OPIT. Con el fantasma de la guerrilla el ejército tomó el control de la región e implementó una guerra de baja intensidad, que se focalizó contra las organizaciones indígenas independientes..

Esta problemática era socializada en las reuniones que la OPIT realizaba semanalmente en diferentes comunidades. Entre sus miembros siempre estuvieron presentes Fortunato Prisciliano, Inés Fernández, Fidel Bernardino y Valentina Rosendo. Ellos y ellas estaban bien enterados de las atrocidades de los militares. Nunca imaginaron que el ejército llegaría al extremo de cometer violaciones sexuales, como parte de una estrategia bélica.

El 16 de febrero de 2002, Valentina, después de haber dado de comer a su hija y de dormirla sobre su pequeño petate, cargó con la ropa y el jabón de polvo para lavar en la barranca. Escogió la mejor piedra para tallar la ropa y aprovechaba la corriente de agua para enjaguar con mayor facilidad las prendas enjabonadas. Ensimismada en su pensamiento y atareada con la ropa que lavaba, Valentina escuchó a lo lejos voces y ruidos de hojas secas. Ella sintió miedo cuando de reojo vio que se acercaban 8 militares con una persona que traían atada de las manos. Siguió concentrada en su trabajo aparentando ignorar lo que sucedía en su entorno. Por su parte, los militares la rodearon y empezaron a interrogarla. Valentina respondía lo mínimo, por el miedo que la invadía y por su precario español.

En el interrogatorio le pedían nombres de encapuchados. Recuerda que nombraron a su esposo Fidel, quien aparecía en la lista de personas que ellos buscaban, al igual que Ezequiel Sierra quien era el comisario y Encarnación Sierra que fungía como secretario de la comisaría. Durante el interrogatorio un militar le asestó un duro golpe en el estómago, que la dejó inconsciente por un momento. Fue en este instante cuando uno de los militares se abalanzó sobre ella para violarla. Esto mismo hizo otro de los militares que pertenecían a la base de operaciones Ríos, quienes habían llegado a la región de Acatepec en los primeros días de febrero del 2002.

Esta violación sexual se enmarca dentro de la operación azteca 21 que diseñó el ejército desde la 35 zona militar, designando al 41 batallón de infantería para que se abocara a la erradicación de plantíos de amapola y a la aplicación de la ley federal de armas de fuego y explosivos. Este operativo inició en Barranca Piña municipio de Acatepec y se le conoció como Figueroa. Posteriormente cambió de mando y lo asumió un elemento del ejército de apellido Ríos. Esta operación militar la implementaron en la zona de Mezcaltepec. Se sabe que el 14 de febrero, en el crucero de Pascala del Oro, detuvieron a un civil de quien nunca se supo de su paradero ni de su identidad. Esta información proporcionada por el ejército coincide con el testimonio de Valentina, quien habla de una civil que llevaban amarrado y que obviamente fue testigo de la violación sexual. Es importante mencionar que la base de operaciones Ríos cambió de mando por la Méndez, que se instaló en la comunidad de Tres Cruces durante el mes de marzo, cuando se consumó la violación sexual de Inés Fernández Ortega en su domicilio de Barranca Tecuani, el 22 de marzo de 2002.

Desde aquellas fechas fatídicas tanto Inés como Valentina no solo sufrieron el ultrajé físico, la vergüenza, la burla y la estigmatización, al ser tratadas como mujeres de los guachos, sino que han enfrentado amenazas, agresiones y hostigamiento, por parte de agentes que trabajan para el gobierno. Recientemente a Inés le robaron dos chivos y le mataron uno de sus perros. Valentina en todo momento ha sido vigilada y hostigada, con la intención de atentar contra su vida y causar graves daños a su hija y a sus padres.

Son más de 8 años de una lucha ejemplar que Valentina ha asumido para romper el muro de la impunidad, para no permitir más abusos y ultrajes contra las mujeres y para acabar con un sistema misógino y corrupto que es el responsable de la violencia que vivimos.

A Valentina la han agredido, no solamente los dos militares que la ultrajaron, ni los 8 que fueron cómplices, sino el ejército mexicano en su conjunto, porque con tal de no enlodar su imagen, han intentado acabar con Valentina para que no llegue a San José Costa Rica, este jueves 27 de mayo, a la sede de la Corte Interamericana y los denuncie como violadores de derechos humanos. Ella ha cargado con todo el aparato represivo e impune del estado, ha sobrevivido a todos los intentos de arrancarle la vida y ha demostrado ser una mujer digna, orgullosa de su identidad étnica, fiel a sus principios, indómita en su búsqueda por la justicia, inquebrantable en sus objetivos para lograr que se castigue a los responsables, para que no se repita más esta barbarie, para que el ejército reconozcan públicamente su responsabilidad y para que reparen todos los daños.

En lo más recóndito de la Montaña, don Victoriano Rosendo y doña María Cantú, desde que su hija Valentina alzó la voz para romper el muro de la impunidad, ya no viven tranquilos. Ahora les llegan rumores de que su hija trabaja en las cantinas, de que la van a matar y de que a ellos les van a quitar su parcela y los van a correr del pueblo ¿quién velará por su seguridad y por su patrimonio? ¿quién protegerá a Valentina para que no sufra alguna agresión? ¿acaso lo hará el gobierno? Son sus familiares, las organizaciones sociales, los defensores y defensoras de derechos humanos y la comunidad internacional los que estaremos en todo momento acompañando y defendiendo la vida heroica de Valentina.

Abel Barrera, director del CDHM/Tlachinollan.

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